El viento se hacía cada vez mas fuerte, parecía que me iba a echar a volar, pero eso para mí no era ningún problema, yo siempre he estado acostumbrado a esas interminables tormentas, a las tormentas de arena, al viento que azota y erosiona la tierra sin piedad.
Aquél día las nubes se ceñían a ese pueblo-capital costero de manera amenazante, pero pasaría lo de siempre, las voces sin rostro dirían que nunca llovería allí, pero ese día miré al cielo y sentí la corazonada de que llovería, de que de repente el viento cesaría y el calor se desmoronaría como si de una superestructura en su muerte se tratase.
Mis ojos alzados en el horizonte lunar al que le pedí mil veces que me ayudase en mi nuevo futuro, todo en la buhardilla donde todo lo gané y todo lo perdí, la buhardilla que guardaba conexión con lo que no era y sería y con lo que había sido y seguiría siendo.
Y en ese momento, cayó la primera gota, abriéndose paso tras el mar flotante de arena africana que sobrevolaba nuestras cabezas. La lluvia vino del mar, de ese horizonte que escudriñaba todos los días aquél niño que veía llegar el crucero todas las mañanas cada vez que iba al colegio. Las gotas llegaron a la playa, las piedras estaban tan calientes que cuando la lluvia llegaba al que parecía que era su destino final éstas se evaporaban instantáneamente creando otra nube en medio de mis ilusiones. Fue maravilloso. Parecía que de un momento a otro vendrían seres venidos del mas allá de formas fantasmagóricas para dar constancia del pasado de aquel peñasco en el océano Atlántico.
La puse, dejando la pequeña línea negra por arriba de la parte superior, la abrazadera la puse de manera que quedase un filo de un milímetro de grosor del elemento productor, había que dejarla vibrar, lo suficiente como para que estuviese tranquila contigo y se quedase y lo suficiente como para que fuese libre y pudiese respirar por sí misma. Un binomio perfecto. La alineé con la llave 12 con el gesto con el que el cazador ve desparecer la vida en su presa. La mirilla de la escopeta. Me senté.
Los músculos relajados, la mente en blanco.
Y usando el peso necesario pero sin pasarme empecé a tocar en do menor, las manos viajaron solas hasta llevarme al lugar del que nadie me puede sacar cuando vuelvo a ser yo.
La lluvia caía incesantemente, nos abrazaba en nuestro abrazo a la vida, en nuestras gracias a lo desconocido por brindarnos aquello que tanto nos gustaba.
Había vuelto a pasar, la esperanza volvió.