20 años de rodaje por este mundo y todavía hay quien me trata como un niño inexperto y consentido. No me considero ninguna mente privilegiada, al contrario, me considero un grano de arena entre millones de piedras de tamaño faraónico, pero algunas veces pienso que en este pueblo ando rodeado de catetos. Sí, de catetos. Mentes cerradas y ancladas en un pasado que perdura en sus cabezas huecas. Mentes que en su inmensa individualidad estigmatizan a todo aquél que no entre en su cuadrada concepción de la realidad. A veces me pregunto cuando pasará todo esto, cuando seré dueño de mi futuro y tendré que dejar de aparentar lo que no soy; cuando al fin podré actuar libremente y tener que dejar de actuar en la sombra, actuar como un prófugo, como si lo que hiciese estuviese penado por la ley. La ley.
¿La ley?
Podría concluir diciendo que no nos regimos por la ley que todos conocemos, sino que nos regimos por la ley que nos han impuesto los prejuicios. Los prejuicios.
No debería decirlo pero a veces pienso en el día en el que pueda cogerte de la mano y decirte, escapémonos juntos de esta realidad y construyamos al fin la nuestra. Y corramos y volamos y saltemos sin tener que justificar por qué hacemos el loco de esa manera. El loco...
Soy simplemente otro loco de esos que todavía creen en la locura como algo bueno.
El pase a mi felicidad...
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